1.8.11

Las guerras de una Yugoslavia difunta/Jean Meyer

Fotos de Gilles Peress para Magnum



Cuando cayó el muro de Berlín, Francois Fejtô se preguntó qué haría Metternich de vivir en ese tiempo. ¿Cómo redibujaría el mapa de Europa el artesano del mapa de 1815? Entre otras cosas, “a los pueblos de Yugoslavia, en peligro de libanización, les aconsejaría detenerse antes de cometer lo irreparable: ni el más enérgico, ni el más sabio de los hombres políticos puede impedir la autodestrucción de estados multinacionales, sin más legitimidad que la fuerza bruta”. Milosevich y Tudzman, los presidentes antes comunistas de Serbia y Croacia, no captaron el mensaje y lanzaron a todos los pueblos de la Ex Yugoslavia al desastre.

La crisis del estado yugoslavo estaba inscrita en su estructura misma: compuesta de seis repúblicas y dos provincias autónomas hasta 1989, Yugoslavia contaba con seis naciones oficiales, 18 minorías nacionales, cinco idiomas reconocidos, tres religiones y dos alfabetos, el latino y el cirílico.

Creada después de la primera guerra mundial, sobre los escombros de los imperios difuntos, Yugoslavia albergaba pueblos que habían vivido una historia diferente: Eslovenia y Croacia en el imperio austrohúngaro; Serbia, Montenegro y Macedonia en el imperio otomano, y entre los dos, Bosnia-Herzegovina, tomada a los turcos por Viena  a finales del siglo XIX.

Desde la muerte de Tito, inventor del sistema federalista –único denominador común de ese mosaico de pueblos-, la crisis estaba latente. La precipitó la Perestroika soviética, la caída del muro de Berlín, en 1989, y la desaparición de la URSS, 3 años después. Es en 1991, precisamente, cuando comienza la guerra por iniciativa de la república serbia, la más poderosa de todas, dueña del ejército mal llamado yugoslavo y, últimamente, de instituciones federales vacías de toda realidad.

 
Fosa común

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El programa nacionalista y agresivo de la Gran Serbia se hizo evidente. Su nacionalismo militante despertó los otros nacionalismos. Eslovenia fue la primera en salirse de la federación, con un costo mínimo: algunos balazos y 80 muertos. Serbia quedó con cuatro votos de siete, dueña del estado y con el apoyo total de un ejército supuestamente federal, que de hecho era serbio. El ejército atacó durante algunos días Esloveni, luego Croacia (en lo que fueron meses de verdadera guerra, en 1991-1992) y, más tarde, Bosnia-Herezegovina (1192-1995). En cada una de las etapas, el horror fue creciendo. Ese ejército enorme, costoso, necesitaba de un estado al cual pertenecer. Por eso le convenía el proyecto de la Gran Serbia.

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Una vez más, por tercera vez desde que comenzó la guerra en los Balcanes, la nieve se ha derretido, descubriendo los cadáveres y las osamentas. En los llanos, en los valles, en la sierra, en las ciudades sitiadas se muere la gente de muerte nada humana; se mueren los presos en los campos y las mujeres en los campos-burdeles; los tiros de minas están llenos de cuerpos. Por todos lados andan sueltos los perros, “aquellos grandes perros negros, siempre más negros, siempre más silenciosos”.

Stevanovich nos enseña lo que se ve, cuando los periodistas extranjeros –expulsados por el gobierno serbio- han debido retirarse, cuando no hay más cámaras de televisión. “En los Balcanes no se hace la guerra. En los Balcanes se mata todo lo que vive, Todo lo que se mueve, todo lo que está muerto, todo lo que existe o podría existir… Iglesias, templos, mezquitas,, panteones, museos, bibliotecas. Para que del Otro no quede nada, ni un recuerdo histórico, para que no vaya a servir de prueba algún día”.


Jóvenes croatas hacia el campo de refugio

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Supimos o creímos saberlo todo: los libros blancos, azules, negros, informes de comisiones internacionales, reportajes. Leímos y h asta oímos en televisión los testimonios de presos que habían sido torturados, de mujeres violadas, de esqueletos vivientes, de niños mutilados. El libro del serbio Stevanovich suma todo eso y más, porque habla a través de la conciencia alucinada de los verdugos. Él durante un tiempo exiliado, ahora presente, en un acto de valentía, revela el Apocalipsis, cuando los jinetes andan sueltos: “Unos milicianos ordinarios queman a una niña de diez años, lentamente, sobre una parrilla. La mojan con raki (alcohol)- arde mejor. Mean. Se hunden luego en sus sueños de hombres brutos. Y la queja identificada aniquila nuestras noches”. Me cuesta trabajo copiar estas frases.



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El odio alimenta a esos hombres deshechos –un odio inventivo, recocido, que se justifica con todas las religiones, con todas las historias nacionales. Odio en 1913, odio en 1941, odio en 1991…Chosich nos ha dado, como Dostoievski, una leyenda del gran inquisidor, una nueva versión de los “poseídos”, esos hombres inhumanos que marcan aún con sangre nuestra historia poscristiana, posmodernista, poscomunista.



Un amigo me escribe que el sol brilla en Sarajevo, que las calles están llenas de gentes que salen a tomar el sol –con todo y el regreso intermitente de la tensión y de los francotiradores. Y me cita, en su esperanza indestructible, este “verso demente” del gran poeta serbio Niegoch: “!Que sea lo que ser no puede!” ¡Que sea la paz!




 
Despojados albaneses hacia la frontera 


Revista Luna Córnea, Número 11 Ene/Abr 1997