4.12.14

Old Man Leaves Party / Un viejo se va de la fiesta (R.I.P. Mark Strand, 1934-2014) / Ezequiel Zaidenwerg


Goodbye, Strand. This bizarre party will miss you // Chau, Mark. Esta fiesta rarísima te va a extrañar


Old Man Leaves Party

It was clear when I left the party
That though I was over eighty I still had
A beautiful body.  The moon shone down as it will
On moments of deep introspection.  The wind held its breath.
And look, somebody left a mirror leaning against a tree.
Making sure that I was alone, I took off my shirt.
The flowers of bear grass nodded their moonwashed heads.
I took off my pants and the magpies circled the redwoods.
Down in the valley the creaking river was flowing once more.
How strange that I should stand in the wilds alone with my body.
I know what you are thinking.  I was like you once.  But now
With so much before me, so many emerald trees, and
Weed-whitened fields, mountains and lakes, how could I not
Be only myself, this dream of flesh, from moment to moment?

Un viejo se va de la fiesta


Cuando dejé la fiesta quedó claro
que si bien yo pasaba los ochenta, todavía tenía
un cuerpo hermoso. La luna relumbraba como acostumbra
en tiempos de introspección profunda. El viento contenía
el aliento. Y mirá, alguien dejó un espejo apoyado en un árbol.
Después de asegurarme de que estaba solo, me saqué la camisa.
Las flores de la yuca bajaron sus cabezas bañadas por la luna.
Yo me saqué los pantalones, y volaron en círculos
por sobre las secuoyas las urracas.
Allá abajo, en el valle, el río seguía su curso.
Qué raro estar en medio de la nada, yo solo con mi cuerpo.
Sé lo que estás pensando. Yo alguna vez fui como vos.
Pero ahora, que tengo ante mí tantas cosas, tantos árboles
de color esmeralda, estos campos blanqueados de maleza,
y montañas y lagos, ¿cómo no ser yo mismo y nada más,
este sueño de carne, de a un instante por vez?

26.11.14

Ovidio / Amores (fragmento)

Nitimur in vetitum Semper cupimusque negata; sic interdictis imminet aeger aquis.

(‘Nos lanzamos siempre hacia lo prohibido y deseamos lo que se nos niega; así el enfermo acecha las aguas prohibidas’).

24.11.14

John Cassavetes

La humanidad ha encontrado por fin el mínimo común denominador: El dinero. Es la más infame, la más baja, la más estúpida de las pequeñas excursiones a la soledad que jamás he visto. Hace siete u ocho años, allá por los 60, los jóvenes americanos comenzaron a rebelarse contra eso. Y luego, curiosamente, se ha vuelto a todo aquello y se ha comercializado y utilizado la revuelta como medio de hacer dinero. 'El mercado de los jóvenes'. Los periodistas me han preguntado: “¿Hacia dónde se inclina, hacia el mercado de los jóvenes?” ¡Pero veamos! ¿Por qué no? Se hacen filmes para los jóvenes porque son los únicos en tener emociones todavía. Es necesario formar parte de la juventud y hacer filmes para mantenerse joven. Pero yo no pienso en los jóvenes como un mercado. Pienso que la juventud es la vida. Y la vida son los hombres y las mujeres.

14.11.14

Alejandra Pizarnik / Diarios de juventud (fragmento)

...¡Amado Vallejo! ¡Mi adorado poeta triste! ¡Tú con tus huesos hambrientos y el pelo revuelto y la nuez anhelante y el torso partido y el sentir escabroso y la soledad y el sexo balbuceante y la soledad y el ojo vestido de gris y la soledad y el amado lloro de siempre y la soledad y los golpes fuertes de la vida y la soledad y yo no sé por qué de tanto daño de tanto golpe duro y malo de tanta soledad pendiente y la nada y horrendo y el mefistofélico bastón en quien no apoyarse y el bendito Dios que camina junto a ti y el terrible exilio de los eternos fugitivos, y las calientes lágrimas una más hasta la ecuación imposible y los dulces monos de Darwin agitando veinte dedos por cabeza y el tric- trac de los huesos pidiendo un trozo de pan en que sentarse y la soledad el llanto la angustia la nada y la soledad!!!! !!!! Amadísimo queridísimo César !!!! ¡¡Hasta cuando!! ¿¿Siempre?? Lloro.

4.11.14

Santiago Niño / Memoria Ancestral

Creo que echamos de menos a ese algo que hemos olvidado; a ese algo que dejamos en algún punto del tiempo y el espacio. Quizá esa sea la causa de toda la nostalgia inexplicable que nos aflige. Quizá de allí venga nuestro deseo incorregible de volar, de ser lo divino, lo inmortal. Quizá esa difusa memoria ancestral sea la culpable de que nos sintamos aislados y con ganas de volver a ese lugar que no sabemos qué es ni dónde está; a ese estado que ahora no conocemos pero intuimos que existe, o que existió, para nosotros y en nosotros, alguna vez. Quizá ese vertigonoso enigma que nos acecha con locura y que nos hace vulnerables a los golpes de la incertidumbre, sea un atisbo de la eternidad que nos evuleve y de la que hemos sido parte siempre, en millones de mundos, de cuerpos, de realidades.

3.11.14

Marco Zanger

Un grupo de científicos encierran gaviotas, currucas y otras aves en jaulas dentro de cuartos cerrados. Las dejan a oscuras donde no se ve el cielo. Estudian los mecanismos migratorios. Con la llegada de Octubre las aves se agitan, se lanzan contra las paredes, las envuelve el propio deseo. Las gaviotas son las primeras en morir al estrellar repetidas veces la cabeza contra los barrotes. Las currucas se detienen patas para arriba y tiemblan incesantes. Finalmente las matan las sombras.

Concluyen que la presencia del polo magnético se percibe en la sangre.

2.11.14

Sandino Bucio Dovalí


Hoy despiertan los muertos de su letargo de luces infinitas
Hoy vienen con sus alas de estrellas y sus ojos musicales
Hoy quieren volver a sentir la materia, convertirse en piedras
Hoy danzan con el humo del copal y queman sus pies en la madera
Los muertos viven en el sonido, en el lado mental de las auroras
Los muertos dejan sus huellas en el pensamiento
son murmullos, cicatrices que florecen en el cerebro
los muertos dejan una estela de códigos en el cielo...

30.10.14

Spomenik, The Monuments of Former Yugoslavia / Willem Jan Neutelings


In the rugged, mountainous regions of the former Yugoslavia, Spomeniks are everywhere. You’ll see them on strategic outcrops, lofty passes and sweeping plateaus: gigantic sculptures, firmly anchored to the rocks. They are objects of stunning beauty. Their abstract geometric shapes recall macro views of viruses, flower-petal goblets, crystals. They are built of indestructible materials like reinforced concrete, steel and granite. Some are solid, others hollow. The largest Spomeniks even afford access to the public, teetering on the boundary where sculpture becomes architecture. 

Hardly anyone outside of the former Yugoslavia is aware of their existence, and within the present ex-Yugoslavia, no one really wants to be reminded that they are there. Twenty years ago there were thousands of them, of every conceivable size, shape and description, but in the early 1990s the majority of them were destroyed, dismantled or in the best case, abandoned to the natural elements. Only those large and heavy enough to thwart vandals are still standing today, derelict and forsaken. Yet these objects were built just a single generation ago, in the 1960s and 70s, as memorials to the Second World War. Those who commissioned them have since passed away, but their architects and sculptors are still living. In the 1980s the monuments still attracted millions of visitors, but a decade later their appeal vanished. They have become submerged in a new age, rendered unintelligible to the current generation. Their symbolism has been lost in translation as the visual language has changed, their signals muffled by a shifted worldview. The monuments have been the objects of blind fury, and now of indifference. What remains is pure sculpture in a desolate landscape.

The Spomeniks’ background unfolds a strange story. Other monuments dating from the same period, such as the Atomium in Brussels, remain crowd pleasers. Comparable works of sculpture by Western artists of the same era are universally respected and warmly embraced by the public, having become part of the art historical canon. It is only very rarely that they fall victim to acts of blind destruction, as was the fate of monumental sculptures by Alexander Calder, Jean Dubuffet and Fritz Koenig, which had the misfortune to be located next to Al-Qaeda’s target in New York. Incidentally, Fritz Koenig has created memorials for the Maut-hausen concentration camp and for the Munich Olympic Massacre. It is one of history’s odd twists that it was in fact a non-memorial work of his, the eight-metre-high ‘Sphere’ from 1967, that was salvaged, heavily damaged, from the wreckage of the World Trade Centre and turned into the memorial for the victims of 9/11. It stands in Battery Park, in all its scarred glory, like a Spomenik in reverse.

It is understandable that statues of Stalin or Saddam, no matter how well they may have been crafted by their creators, have been pulled from their pedestals as icons of dictatorship. What is remarkable about these Spomeniks, however, is that they are completely abstract, devoid of the cult of personality often found in Eastern Europe. They are not busts of great leaders, they bear no symbols like stars or sickles, do not depict workers or farmers’ wives brought to life in muscular marble. The objects reveal an iconography of festive decorations: flowers, streamers, lanterns. Their stance is neutral, referring to nothing but themselves. They fit seamlessly into the Sixties-era aesthetics of Barbarella movies, Paco Rabanne dresses and Lava lamps. And yet, every single one of them is a memorial monument to the most atrocious events of the Second World War, marking the sites of bloody battles and sinister concentration camps. In multicultural Yugoslavia, however, the Second World War was a layered and ambiguous situation. Not only a war of liberation against the aggressor Nazi Germany, but also a civil war with complex oppositions between ethnic population groups who fought one another from different points on the ideological spectrum, such as the Partisans, the Ustaše and the Chetniks. For this reason, the war monuments could assume neither a heroic nor a patriotic guise. In other words, they had to be neutral enough to be acceptable to both victims and perpetrators. After all, once the slaughter was over, the former opponents had to collectively form the Socialist Republic of Yugoslavia together. Hence the choice of a neutral, almost frivolous visual language, whereby the Spomeniks look more like sculptures in an open air museum than the usual war memorials full of military pathos and thundering cannons as were erected at Verdun or Stalingrad. The good intentions of the artists and the politicians ultimately proved to be the tragedy of these objects. The Spomeniks were places of forgetting, while they should have been places of remembering. They formed a cheerful backdrop for the bright future awaiting the socialistic model society, the official policy line of which was to smooth over all of the former conflicts. Many commentators on the war in Yugoslavia in the 1990s thus declared that the events unfolding were the inevitable extension of the Second World War. The fury unleashed upon the Spomeniks after 1992 was not merely settling the score with the old socialist system, but was also exposing that hidden history that had led to the reopening of Pandora’s box in the first place.

The Antwerp-based photographer Jan Kempenaers undertook a laborious trek through the Balkans to photograph a series of these mysterious objects. He captures the Spomeniks in the misty mountain landscape at sundown. Looking at the photographs one must admit to a certain embarrassment. We see the powerful beauty of the monumental sculptures and we catch ourselves forgetting the victims in whose name they were built. This is in no way a reproach to the photographer, but rather attests to the strength of the images. After all, Kempenaers did not set out as a documentary photographer, but first and foremost as an artist seeking to create a new image. An image so powerful that it engulfs the viewer. He allows the viewer to enjoy the melancholy beauty of the Spomeniks, but in so doing, forces us to take a position on a social issue. The photographs raise the question of whether a former monument can ever function as a pure sculpture, an autonomous work of art, detached from its original meaning. Can a Spomenik follow the opposite trajectory of Koenig’s ‘Sphere’? Can it live on, after its ideological progenitors are dead and gone and its symbolism is no longer intelligible? It has been known to happen. Think of the Casa del Fascio in Como, the headquarters of the Italian fascist party that was built in 1936 by the architect Giuseppe Terragni, and has come to be revered worldwide as an icon of the modernist architecture of the 20th century. Along the way it has managed to completely disassociate itself from the original clients and the sinister plans that they hatched within its walls. 

The Spomeniks have not quite reached this stage yet. They currently stand forlorn and forgotten, where they once would have been encircled by singing young pioneers and long-skirted oldsters with flowers and candles. No people appear in the photographs. They have the air of the morning after a party: the smell of cigarette butts and stale beer, sodden streamers and guttered lanterns. It is the memory of the socialist party that is all over now. And yet, this is precisely what enriches the monuments’ meaning. In their dilapidated condition, they are no longer symbols of victory, but for the first time, true symbols of a newfound mourning. They seem to grieve for the horrors that took place where they stand, 60 years ago. Perhaps this makes them richer, more seasoned, beautiful and effective now. They no longer charm with their pristine beauty, but their gritty countenance commands respect. That is the conjurors’ trick of the Spomeniks, which Kempenaers masterfully reveals in his photographs. 

Willem Jan Neutelings, 2008





Spomenik #11 (Niš), 2007



http://www.jankempenaers.info/works/

29.10.14

Kenneth Rexroth / Qué es un poema

Ellos dicen que esto no es un poema

El orden en el universo
Es sólo el reflejo
De la voluntad y la razón humanas.
Todo ser es contingente,
Ningún ser subsiste por sí mismo.
Todos los objetos son movidos por otros objetos.
Ningún objeto se mueve por sí mismo.
Todos los seres tienen origen en otros seres.
Ningún ser lleva en sí su propia causa.
No hay ser que sea perfecto.
El ser ignora la economía.
Los seres se multiplican
Sin una necesidad. No poseen
Principio de razón suficiente.
El único orden de la naturaleza
Es la relación armónica
De una persona con otra.
Las relaciones que abjuran de la persona
Son por esencia caóticas.
Las relaciones entre las personas
Son el modelo a través del cual vemos
En la naturaleza un sistema.
Desde Homero, todos los hombres sensibles
Nos han exhortado una y otra vez
Acerca de que el universo y
Los grandes principios y fuerzas
Que mueven el mundo, poseen armonía
Sólo como reflejos
Del coraje, la lealtad,
El amor y la honestidad de los hombres.
Dejados a su suerte, esos principios son crueles
Y completamente superfluos.
El hombre que claudica ante ellos acaba en la locura,
Mata a sus hijos, su mujer o sus amigos
Y muere sumergido en el polvo sangriento,
Habiendo destruido el trabajo
Atesorado por las manos de otros hombres.
Sólo quien es más listo que ellos logra sobrevivir
Y encuentra un hogar donde envejecer.

Kenneth Rexroth (South Bend, Indiana, 1905-Montecito, California, 1982), La señal de todas las cosas. Antología poética. Selección, traducción, notas y comentarios de Marcelo Pellegrini y Armando Roa Vial. Editorial Universitaria, Santiago de Chile, 2004

En: http://campodemaniobras.blogspot.mx

Alda Merini / I poeti lavorano di notte


I poeti lavorano di notte 

I poeti lavorano di notte
quando il tempo non urge su di loro,  
quando tace il rumore della folla
e termina il linciaggio delle ore. 

I poeti lavorano nel buio
come falchi notturni od usignoli
dal dolcissimo canto
e temono di offendere Iddio. 

Ma i poeti, nel loro silenzio
fanno ben più rumore
di una dorata cupola di stelle.


Los poetas trabajan de noche

Los poetas trabajan de noche
cuando no tienen el tiempo encima,
cuando calla el ruido de la gente
y termina el linchamiento de las horas.

Los poetas trabajan en lo oscuro,
halcones nocturnos, ruiseñores
de dulcísimo canto,
y temen ofender a Dios.

Pero en su silencio los poetas
hacen mucho más ruido
que una dorada cúpula de estrellas.

Alda Merini (Milán, 1931 – 2009), Destinati a morire, Lalli Editore, Poggibonsi, 1980, en Alda Merini
Versión de J. Aulicino dedicada a Irene Gruss

En: http://campodemaniobras.blogspot.mx/

Daniel Feierstein, de la Red de Estudios sobre Genocidio de la Untref



Raphael Lemkin, el creador del concepto de genocidio, fue a su vez quien creó la definición más potente y precisa del término, calificándolo como "la destrucción de la identidad nacional de los oprimidos y el intento de imposición de la identidad nacional del opresor". Y agregaba que dicha imposición podía hacerse en sus cuerpos (transformando su identidad por medio del terror) o directamente en la tierra que ocupaban (eliminando a la población).

Desatada una de las ofensivas más duras del ejército israelí sobre Gaza, que ya ha superado el millar de víctimas y no parece detenerse, incluyendo entre los asesinados a civiles, mujeres, niños, incluso escuelas y hospitales, cabe volver al jurista judío polaco Lemkin para intentar aportar mayor claridad a las causas y características del conflicto palestino-israelí y a sus tremendas consecuencias.

Si se observa el conflicto no sólo en su ocurrencia actual sino en su historia (esto es, a partir de 1948) se notará que el elemento central que para Lemkin caracterizaba la posibilidad de un genocidio es el que se encuentra aquí en cuestión: que la dirigencia política israelí (de Ben Gurión a Golda Meir, de Begin o Netanyahu) han sistemáticamente negado la existencia de una identidad nacional palestina (esto es, la identidad nacional de los oprimidos en dicha región) y que han ido escalando en aquello que están dispuestos a hacer para impedir que exista.

De allí surgen los argumentos (no sólo esgrimidos por la derecha israelí sino en muchos casos también por la izquierda israelí o incluso diaspórica) de que Jordania, Egipto o Siria deberían haber acogido a los centenares de miles de refugiados de las expulsiones del 48 o del 67 o que el proyecto israelí era el de "una tierra sin nación para una nación sin tierra" (equivalente al mito argentino de la "conquista del desierto"), como si los centenares de miles de habitantes de esas tierras previo a 1948 fueran invisibles o no tuvieran identidad.

Esta histórica negación de la identidad del pueblo palestino ha producido la negación opuesta, que en parte agudiza el conflicto e impide el diálogo: el derecho del pueblo israelí a tener un Estado en la región, sea la más enriquecedora pero hoy inviable propuesta de un Estado binacional o la más posible y realista de dos Estados vecinos conviviendo en paz.

La gravedad de esta nueva ofensiva militar israelí por sobre las anteriores es que se lleva a cabo, como bien ha señalado Robert Fisk, para impedir un gobierno de unidad palestino. Esto es, que su único objetivo (porque no se observa otra racionalidad en este ataque feroz pero absurdo) parece ser la de impedir la conformación de un liderazgo político unificado entre Fatah y Hamas que pudiera (por primera vez desde la muerte o asesinato de Arafat) dar coherencia a un planteo político de recuperación y reclamo en nombre de la identidad nacional palestina.

Y es este intento de destruir la identidad nacional de un grupo (ya no sólo simbólicamente, sino ahora también a través de un ataque sistemático sobre los civiles de la franja de Gaza, sumado a una deshumanización de las víctimas palestinas que no había aparecido en ningún otro momento de la historia israelí) lo que le otorga a este momento del conflicto un cariz genocida.

El irresponsable apoyo de algunas instituciones judías de la diáspora a la ofensiva israelí (que en nada refleja la opinión mayoritaria de las comunidades judías diaspóricas, como demuestra la insignificante presencia de manifestantes en esos actos, como el realizado en Buenos Aires) ha terminado de confundir un panorama donde los antiguos y nuevos antisemitismos se han dado cita, utilizando las injusticias cometidas por el gobierno israelí como excusa para salir a quemar sinagogas en Europa o reflotar las consignas de "muerte a los judíos" o de destrucción del Estado de Israel, consignas que ningún judío puede observar con indiferencia, cuando no hay quien no tenga como mínimo un familiar lejano asesinado hace menos de un siglo en el proyecto genocida más sistemático jamás implementado.

Sólo en el reconocimiento del otro puede radicar alguna posibilidad de enfrentar esta escalada antes de que la tragedia se haga más y más grave, generando más muerte, más dolor y más irreversibilidad. Es indispensable que los israelíes puedan aceptar de una buena vez la legitimidad de la identidad nacional palestina y su derecho a un Estado viable, enfrentando los mitos de que los palestinos serían un pueblo "artificial".

Asimismo, la comunidad internacional debe ser mucho más firme y expeditiva en la exigencia al gobierno israelí del inmediato cese de las acciones militares, el desmantelamiento de las colonias y el inicio de negociaciones para el cumplimiento de las resoluciones de Naciones Unidas que puedan conducir al fin de la ocupación y a la creación de un Estado palestino.

Por otra parte, resulta necesario exigir a las organizaciones palestinas y a los Estados de la región el reconocimiento del derecho a la existencia del Estado de Israel, como modo de desmantelar el lógico terror de un pueblo de sobrevivientes de sufrir un nuevo aniquilamiento.

No es posible dialogar con quien postula la inexistencia del otro. La sociedad israelí no puede aspirar a un fin del conflicto si no acepta la existencia de un Estado palestino. Las organizaciones palestinas no pueden pretender avanzar en las negociaciones si no reconocen la legitimidad de la existencia de un Estado israelí.

En su determinación por negar la identidad palestina (aún al costo de producir un genocidio), la dirigencia israelí avanza sin pausa y cada vez de modo más acelerado hacia el suicidio del propio proyecto de Estado israelí y, en esa marcha al abismo, busca arrastrar a todos los judíos de la diáspora.

Es nuestra responsabilidad decirles basta. No sólo no será con nosotros ni en nuestro nombre, sino que tendrán que hacerlo CONTRA NOSOTROS, negando en ese camino lo poco del espíritu y la ética judíos que aún podría quedarles. No somos quienes criticamos esta política del gobierno israelí los traidores al pueblo judío. Lo son quienes están dispuestos a violar todos los preceptos judíos en aras de un proyecto suicida, inviable y que sólo podrá llevarnos a la tragedia.
Ojalá que seamos capaces de reaccionar a tiempo.

14.9.14

Luis Barbieri


La puerta
Duermo mirándonos
el árbol de la noche
su cisura en el rostro
la puerta contenida
con papeles de ojos quebrados.
No
no temo a los abismos
esa floración oscura en lo alto.
Amo las copas
saciadas de cielo
sobre los árboles
no habita la muerte.
No sobrevive.
Duerme en un antiguo ángel
que viene a mirar mi hálito
cómo mí enemigo huye por debajo del barro.
de la noche.
delante
veredas de aguas
las casas al fondo
la señales detrás del espejo
te ven venir extendida.
cómo se exhala en la flauta
batida al sol
perennes de viajes
la roca al viento
escurren manantiales dormidos
debajo de la puerta
entre los maléolos
un rio
que estila noches en la luz.
Y a ti
el soplo
escondido detrás del tiempo
delante de imágenes blancas
en un sueños mirando la puerta.



Telégrafo de hojalata

A: León Renatto y 
Abigaíl Catalina 



La memoria que amo es un silbido a medio desierto 
asume esa forma de lluvia de tu cuerpo. 
Se anuda en la media luz del muro
en papeles entintados de piedras. 
Cruza a través del ángel 
que pasa silbando por mi calle.
Ilumina veladuras en contra de la noche 
de voces deste niño que reaparece 
por la esquina de mi telégrafo 
debajo de un hilo secreto deste valle. 


Esto que ahora nos viaja
es un sueño que nos ve por un espejo 
mientras yo ocurro por aquí de sol
se forma de vida el patio perdido.


La lluvia tuya dice misterios 
un vaho de objetos 
que están en otro lugar conmigo 


He visto abrir sueños de viaje 
de los ojos del árbol.
Hacia afuera 
hacia la espera 
se mueven las sombras en la carretera.
Vino una partida intima de luces 
la noche a sentarse junto al camino 
contra la imagen difusa de la ventana. 
Trae su curva eterna y elíptica del fuego.


Deste cielo se descuelgan tus ojos.
Sale la frontera de un mundo detenido 
todo por aquí va encalma herido de sal.


Me adiestré al viaje 
echado a fondo 
a mi peligro
a oír despoblado de montes 
a orinar las luces 
el arco de la noche 
la leche derramada en soledad.
El destello al norte 
la boca de piedra arriba. 
Al largo
su hocico al sol desperdigado 
reflota la punta de sal y arena del icebergs 
con mantos de cueros resecos de palabras.


El sol abre su boca al río 
huele la quietud del chañar.


Traduzco huellas de caminos 
se abren a sí mismo en los ojos.
El borde de arena que mira
el agua que pasa 
un viejo automóvil 
el pies de los niños 
transparentes el frío
la junta de ríos
en el maizal 
veo pasar 
inmutable la muerte.
La madera de hojas abiertas 
en vetas inhóspita del sur
un temporal de tierra en los sueños
surgen del árbol: sillas, mesa 
la cama en el filo del acero.
Llevan mordeduras en los brazos 
señales terrosas en la boca de sol.


Sin sombras
su ojo seco sobre la puerta se agita 
en un pozo de estrellas insondables y sin nombres. 
Creo descender de un diminuto sueño 
que camina desnudo sobre su ojo


Mi pueblado es una manchita tibia del día
hecha callejón con banderitas de papel 
sobre el vientre coloreado de tu arcilla.
Viene recortada a imagen de tu cintura 
tatuada su carne de montes con mi voz.
Vicuña se aparece morena deste cielo 
baja cerros con la forma de tu pezón 
abre su lienzo húmedo y primitivo 
del agua transversal que cae a nuestro mar.


No sé qué me duele 
cuando extiendes las sabanas 
sobre el suave silencio donde deshaces tú trenza.


Hay unos cielos de piedras vacías de lluvias.
verdes telaraña en el piemonte de Elqui. 
Se edifican anónimas plazas 
Iluminan con ruegos a esperma Virgen. 
Con dioses de tambor se hacen 
así mismo inmigrante sin poder ni sexo. 
En el surtidor de sus muros 
los barros se cubren con ojos de botellas 
imágenes secas en altares estirados al sol.


Los hombres van ajenos 
mientras giran el valle
en sus diminutos patios de tierra sin puertas 


Mi padre perdido 
se nos aparece en estos días sin rostro.
Él se instruye la memoria. 
A secarse de siempre
la raíz de los ojos 
desatar sus nudos 
en un cuarto oscuro de años. 


No sé porque salta 
hacia el callejón secreto que nos imaginó la lluvia 
en la boca sur de la niñez.
Un quiltro se viene hasta mí
porta en la frente un olvido en un ojo 
de su pequeña infancia en la nuestra.
Retraído inverna sus miradas en la hornilla
manchado de noches echa su sueño 
en un corazón de los niños .


Un hualle al frío desarma su cuerpo 
se crepita contra las manos con diminutos fuegos.


Reconozco a quienes revolotean 
palmeras en la rivera de la noche. 
Al otro lado el espejo de la memoria
sonidos desaguado en el vaso
se echan sobre los ojos lejanos
menudos días recubiertos de azul. 


Aún están los ojos del árbol
ocultos entre las hojas 
esperan el silbido secreto de la infancia. 
La divisamos y no nos reconoce
ni sabe que aquí vamos pisando la muerte 
que van niños corazón de hilo
a través del tinte torcido del valle. 


Silenciosamente de arena 
es la época con cercos de sol 


A su hora 
me abriga 
como a muerto en la arenisca.
Su dedo dibuja un pez 
en otra vida
me sumerge 
en un trozo de agua 
para vivir 
entreteje 
la palabra en el vino.
Indestructible sustituye caminos 
cubre ese mar que nos hablar 
que viene extendido en los sueños. 


El día se rehízo de su fuego 
alrededor del árbol 
la siesta con la madera apilada 
la cabra al sol mordisca la voz
en la puertas calaminada
que ahora cruza por el frente 
entristecen con el perro
con este desierto 
que posee otro desierto
escondido bajo el sol.


Nuestros animales vienen de paso 
viajan zigzagueando ladridos 
dibujados sobre la arena. 


Detrás de un trozo de esos días 
reina hasta aquí el patio de voces 
en las cajitas de piedras el pacto
de los hijos en la madera.
En los reflejos de un mar escondido 
camina la garza en el fondo de un pozo.


Después encontré sus manos 
sobre la calamina de la puerta 
sobre el mismo óxido 
de pequeñas palabras que hicimos en las tardes 
detrás de un N° de piedras empañadas 


Debajo del matorral vive un retazo de la Cruz del Sur
la abuela las bisabuelas mis nonas 
el pan manso con ojos de esperanza. 
Oí una canción de aquellas a la puerta 
comen un evangelio amanecido de lluvias 
visten hacia abajo manos de carbón
y escobas en brotes de mimbres. 
Con viejas varillas señalan círculos en la tierra
con marcas de óleo 
sobre mi entrada 
y a luz del brasero nos cantan
solitarias descascaran del patio perdido
marcas de aguas cicatrizadas
tejas marginadas bajo el parrón. 


Ellas mueven mi puerta 
la mariposa que cruza la tarde
el manojo reseco de la yerba agridulce
un Rio Viejo ladra sinuoso al sol.
Las iletradas en procesión aún vienen
vestidas a diario con el percal
con sus mismos ojos a oscuras de chonchón 
por la cinta resonante de luz en la hojalata. 


Y tú en el ojo
Vi tocar la piedra


Entre las ruinas de mi inteligencia, por Juan Forn

Jaime Gil de Biedma

La Compañía General de Tabacos de las Filipinas fue la última gran empresa colonial hispánica y la primera multinacional española. Su secretario, entre 1950 y 1990, fue un homosexual alcohólico, sifilítico y fugazmente comunista que, además, fue el mejor poeta de su época. Se llamaba Jaime Gil de Biedma. Sólo escribió 87 poemas en toda su vida y en breve voy a contarles cómo los escribió. Pero no fue por esos poemas que nunca lo echaron de la Compañía, sino porque cada mañana de esos cuarenta años se presentó en la oficina a trabajar impecable como un señorito inglés, aunque viniera de encanallarse toda la noche por los bajos fondos de Manila, Barcelona, Hong Kong, Nueva York o Moscú.
Cuando Jaime Gil de Biedma nació le pusieron el nombre del hermanito mayor, que acababa de morir. Cuando le confesó a su profesor preferido en la secundaria que estaba enamorado de un muchacho de su curso, el profesor le recomendó escribir versos para purgarse (“Empieza por los sonetos, que son los más jodidos”). Cuando intentó ingresar en una célula comunista clandestina de Barcelona, fundamentó así su ideología: “Nuestra obligación contra el régimen y contra esta España opresiva y gris es la felicidad”. Logró sortear el suicidio, a los treinta años, escribiendo un poema titulado “Después de la muerte de Jaime Gil de Biedma”, donde habla póstumamente de sí mismo (“De los dos eras tú quien mejor escribía. / Aunque acaso fui yo quien te enseñó / a vengarte de mis sueños / por cobardía, corrompiéndolos”) y después dejó de escribir, aunque vivió otros treinta años, fiel hasta el final a su personaje: lo único que le importaba, cuando estaba agonizando de sida en 1990, era no morirse antes que su madre, para que ella no se enterara por los diarios de que su hijo era homosexual. La anciana dama de noventa años era la única que no lo sabía en toda Barcelona.
Era, también, la única que no se sabía de memoria alguno de sus poemas, porque ése fue el raro privilegio que tuvo Gil de Biedma, cuando ya no escribía más: ver cómo sus versos se colaban en el habla cotidiana de su tiempo. El lo tomaba como una consecuencia natural, decía que todo lo que suena bien se fija en algún lugar de nuestra memoria, que la poesía es esencialmente oído, aunque parezca asunto de emoción o inteligencia. “El poema es un organismo acústico. Hay que leerlo de corrido, no deteniéndose línea por línea. Y, en lo posible, en voz alta. Hasta que se inventó la imprenta, la sensibilidad literaria era auditiva: uno entendía mejor si leía en voz alta que si leía en silencio. Y en poesía sigue siendo así. Cuando lees un poema, lo que importa no es entenderlo; lo que importa es que te guste. Si te gusta, ya entenderás cada cosa que haya que comprender en él. En un buen poema no se puede distinguir entre emoción e inteligencia”.
Su manera de escribir era fiel a esta convicción: componía sus versos mentalmente; cuando creía haber redondeado una estrofa se sentaba a escribirla de un tirón; después tiraba el papel y durante días iba recomponiendo la estrofa en su cabeza, “contando con que el olvido me ayude a eliminar lo que sobra”, hasta que se sentaba a escribir lo que conservaba su memoria. Y así estrofa por estrofa, todas las veces que fuesen necesarias. Ese proceso mental de pulido del poema tenía lugar mientras él se dedicaba a “las tareas mundanas normales” como afeitarse, manejar el auto, trabajar, pasar por el supermercado a reponer la provisión de vodka o ir y venir en avión a las Filipinas (cuarenta y siete horas, en los buenos tiempos: Barcelona-Roma-Tel Aviv-Teherán-Calcuta-Karachi-Saigón-Bangkok-Manila). Gil de Biedma sostuvo siempre que la poesía es una actividad eminentemente gratuita (“Nadie te lo paga, nadie te lo pide, nadie te lo cobra. Tu única obligación es evitar que el lector te haga la terrible pregunta: ¿Para qué coño has escrito esto?”), que el poeta no tiene más sensibilidad que el resto de los mortales, sólo aprende a tenerla disponible, y que escribir y leer un poema son dos actividades que nada tienen que ver una con otra (“Poesía es lo que el lector experimenta leyendo el poema, no lo que le ocurre al poeta mientras escribe. Todo lo que hay en la lectura de un poema no existe al escribirlo”).
Todas estas cosas las dijo en conversaciones, cuando ya no escribía y no sabía en dónde acomodar su mente brillante, y por suerte alguien tuvo la idea de reunir todas esas conversaciones en libro, un libro no muy grueso, que por esas casualidades de la vida tiene la misma cantidad de páginas que su obra poética completa, como si fuera su reflejo, su hermano gemelo. Cuando le preguntan, en ese libro, por qué no escribe más (y se lo preguntaron infinidad de veces en sus últimos veinte años de vida), contesta que la poesía lo había salvado del suicidio, pero no sirvió para salvarlo de la temida mediana edad, de la madurez. “Cuando uno es joven y empieza a escribir poesía, se pone cachondo con las palabras y está convencido de que lo que le está pasando no le pasa a nadie más en el mundo. Lo que sucede en realidad es que de joven te interesa lo que te parece único en ti, lo que te diferencia. En cambio, con el tiempo cada vez te vas interesando más en lo que tienes de genérico, en lo que tienes de común con los demás. Con el tiempo descubres que lo que te ha pasado a ti es lo que le ha pasado a todo el mundo. Y te preguntas: ¿por qué escribir? Si lo normal es leer”.
En ese libro dice que, si hubiera venido al mundo con los mismos defectos pero con menos cualidades, habría funcionado mucho mejor. En ese libro cuenta que el hombre al que más amó lo dejó por una mujer y que la única mujer que pudo amar lo dejó por un hombre. En ese libro dice que le gustaría ser recordado como el último poeta que montó regularmente a caballo y cuenta que cuando, ya cuarentón, le confesó a su padre que era homosexual, éste contestó: “Me haces desgraciado”. ¿Por ser maricón?, preguntó el hijo. “No, porque yo he dicho siempre la verdad y desde ahora estaré obligado a mentir por ti”, contestó el padre, y eso hizo, durante los veinte años siguientes, cada vez que su esposa se preguntaba en voz alta cuándo sentaría cabeza su Jaimito y se casara de una vez.
El niño Jaime logró sobrevivir unos días a la muerte de su madre y así ahorrarle un último disgusto. Aunque yo creo que a la anciana dama le habría gustado ver ese contingente de monjitas filipinas que se presentó espontáneamente al entierro de su hijo. Todo secretario de la Compañía de Tabacos era, a la vez, cónsul honorario de ese país en Barcelona; las monjitas cumplían un mero papel protocolar en el cementerio y se retiraron en silencio luego de que se leyera un poema del difunto que fue la única oración fúnebre de la ceremonia y su perfecto epitafio: “En un viejo país ineficiente, / algo así como España entre dos guerras, / en un pueblo junto al mar, / poseer una casa y poca hacienda / y memoria ninguna. / Y no leer, / no sufrir, no escribir, / no pagar cuentas, / vivir como un noble arruinado / entre las ruinas de mi inteligencia”.