18.7.11

Diario de la transformación/Karina Maccio





Estoy determinada a no mirar atrás, a no leerme, a no pensar más que en escribir. Probablemente nada de esto valga la pena (para nadie que no sea yo). Quizás sea sólo una anticipación, una coartada. 

Yo fui, pero no sabía lo que estaba haciendo.




(...)

Me quedé pensando en la necesidad de hablar del tiempo, mejor dicho, del clima. Pero en realidad sucede que el clima condiciona tu tiempo y espacio. Jamás comprendí mejor la idea de “estación”. Como si fueras un tren que para en distintos escenarios: cada uno te provoca una reacción física inevitable, un reflejo. La ciudad está teñida de rojo acorazonado, pero aún lo blanco y gélido impera. De hecho, los autos, con su pasar, levantan la finísima, invisible, capa de hielo que recubre el asfalto, provocando así una continua nevisca que el viento arremolina. Parece casi una burla, un picadito fino que te sorprende y te humedece. Ése es otro factor importante: no siento humedad. Nunca pensé que esto me afectaría. El mundo entero parece coincidir en que los climas secos son mejores y más fáciles de llevar. En Buenos Aires vivimos diciendo Lo que mata es la humedad. Sin embargo, acá el agua es dura, se queda pegada en gotas, absolutamente formada, sin dignarse a mojar. Hay que trabajar la espuma, amasarla con el jabón, y mi carne se vuelve un tasajo apachurrado.